Extraño los tiempos en que los videojuegos eran pues, juegos, y no minitas de oro infinitas para las compañías productoras.
Cuando podías terminar un nivel, y seguir en otro sin necesidad de descargas, actualizaciones, o los ahora famosos “DLC” que van desde un dólar hasta 99 o hasta más…
Cuando desbloqueabas cosas jugando y no pagando dinero. Era emocionante cuando matabas a un jefe de nivel y te daban algo… Personajes nuevos, armas, poderes… Te seguían platicando la historia… Muchas cosas…

No sé, pero últimamente cada que veo un juego nuevo que vaya desde babosadas simples como los jueguitos tontos del Facebook, hasta los juegos más complicados y gráficamente agraciados de las consolas de nueva generación; siento que las cosas ya no son iguales. Más bien, no lo siento, así es.

Hace tiempo cuando tenía Facebook, veía los jueguitos babosos con los que mis contactos se entretenían, y que a mucha gente alrededor del mundo le causaba una adiccón increíble. Esos jueguitos como Farmville, por ejemplo.
Me acuerdo cuando veías a viejas huecas de esas que quieren llamar toda la atención masculina de la Tierra llamándose a sí mismas “chicas gamer” por jugar esas cosas, pero eso era lo de menos.
Lo que más me sorprendía, aparte de la adicción, era la manera tan descarada de ganar dinero con algo así.
Que si querías comprar macetitas o alguna pendejada tenías que, invitar a 4503478 amigos, o, pagar cierta cantidad de dinero para mejoras y que no batalles. Eso por supuesto a mí se me hacía una mentada de madre.
Ver cómo en jueguitos tan simples era tan sencillo ser “mejor” sólo con pagar.
Empecé entonces a ver cómo eso de “paga por ser mejor que los demás” empezaba a extenderse por todo juego conocido y desconocido, habido y por haber.
Un ejemplo claro para mí fue Ragnarok Online. Súbitamente empezaron a salir items nuevos que te daban alguna ventaja sobre los demás jugadores, y la única manera de obtenerlos era pagando por ellos.
Y así, de pronto me vi inmersa en un mini mundo similar a México cuando veía que de pronto en el juego salía algún pendejo presumiendo todas sus armaduras y armas a +10 con cartas de jefes, municiones (casi) infinitas y sombreros lindos que no podías obtener en ninguna quest del juego.

Empecé a decepcionarme, y me acordé de las consolas… Oh, mis amadas consolas donde podía pasar horas jugando a algo para distraerme y desestresarme, no podían fallarme… Pero me encontré con una desagradable sorpresa…
Éstas consonlas de nueva generación también sufren del síndrome de mina de oro, además de estar siempre dándole gusto a la “chaviza” con las redes sociales.
No ha habido un día que cuando por fin tengo tiempo de jugar algo, prendo la consola, me salen anuncios de que tengo que actualizar el sistema y los juegos. Y ya cuando por fin el juego o el sistema se actualizan, me resulta que mis juegos están más incompletos de los que los dejé porque salieron nuevas actualizaciones, goodies y más que podría descargar si tuviera mucho dinero para despilfarrar.
Que si quiero un personaje nuevo, que si quiero un trajecito, un stage, una canción, una opción, capacidad de personalizar algo… Todo eso está al alcance de un pellizco a mi tarjeta de crédito.
Dichos pellizcos, como dije, suelen ir desde un dólar en adelante.

Son, reverendas, ¡pendejadas!..

Me recuerdan que ya soy vieja, me recuerdan que soy pobre, me recuerdan que vivo en un país de mierda donde por más que le busques, la economía está de la vil chingada a menos que seas “burgués” o priísta (que básicamente es lo mismo).
Me acuerdo cuando el Tekken todavía me divertía, ahora me estresa y me encabrona jugar Tekken, porque aparte de que mi vejez no me deja jugar como antes, porque mis dedos ya no tienen la misma movilidad porque están todos jodidos por el trabajo, me resulta que casi todos los personajes nuevos son una mentada de madre con poderes salidos de algún ‘animu’. Esos clásicos que te matan de un golpe, hablan mucho, echan rayitos y son “bien cagüaíí”, tipas chichonas semidesnudas, o algún aborto de alguna aberración infernal cruzada con monstruos de Lovecraft.

Para no seguir haciendo el cuento largo… Antes los juegos me divertían. Ahora me estresan y me deprimen.
Tal vez debo aceptar el hecho de que ya estoy vieja y que mis franquicias adoradas de antaño ya no son lo mismo por causa del capitalismo. El ansia de poder y dinero pueden más que el amor al arte, ya todo esto es un negocio.
Que a los chiavos de hoy les interesa más verse cool, publicar todo en el “feis” y sentirse superiores por tener dinero. Y que si no juegas un FPS no eres gamer.
Vivo atrapada en el pasado cuando los juegos eran juegos y me niego a aceptar lo que está sucediendo.

No sé, supongo que debería regresar a jugar en mis viejas consolas y en emuladores en lugar de estar haciendo corajes toda la tarde para jugar 10 minutos de un juego que no me durará más de 2 horas en terminar o que dejaré botado porque a mi edad ya es injugable.

No sé, sólo tenía ganas de quejarme…